|
LAS ARRIBES
El
fluir del río Tormes, desde Ledesma hacia el encuentro con el Duero y, su
recorrido por tierras fronterizas hispano-portuguesas hasta el muelle de Vega Terrón
marcará el sentido y caracterización de esta comarca salmantina.
Profundos valles
La presencia de profundos valles encajados favorece la existencia de peculiares
condiciones climáticas, conformando un medio natural de características
plenamente mediterráneas donde la flora y la fauna alcanzan elevados índices
de biodiversidad; factores todos que han propiciado su declaración como Parque
Natural de las Arribes del Duero.
Paisajes ganaderos
En los espacios menos ribereños que se desarrollan hacia el interior de Salamanca
predominan extensos encinares y robledales adehesados que protagonizan los paisajes
ganaderos de las tierras de Vitigudino, Ledesma y el Abadengo.
Ledesma, Almendra, Villarino de los Aires, Pereña de la Ribera, Masueco,
Aldeadávila de la Ribera, Mieza, Vilvestre, Saucelle, Hinojosa de Duero y
La Fregeneda son los hitos del itinerario que en algunos lugares te ofrecerán
la posibilidad de descender hasta el propio curso fluvial, divisar las grandes presas
desde espectaculares miradores o sobrecogerte ante saltos de agua como el del Pozo
de los Humos.
El Abadengo
Y a la vuelta puedes internarte por tierras del Abadengo y visitar Sobradillo, Lumbrales,
Cerralbo o Barruecopardo para culminar en Vitigudino; en el núcleo urbano
más relevante del oeste salmantino podrás visitar la iglesia de San
Nicolás y recorrer su plaza porticada, de profundo aire castellano.
Culmina la ruta con una merecida comida donde no faltará el cordero, unos
quesos de oveja y dulces de almendras, acompañados por supuesto de unos buenos
vinos de Las Arribes.
CAMPO CHARRO
Tan
conocida denominación engloba las tierras del centro de la provincia que
para muchos constituyen el paisaje que más profundamente define a Salamanca:
la dehesa.
Estos parajes sin espectaculares relieves orográficos se suceden en una armoniosa
sucesión de terrenos suavemente ondulados en donde resalta el brillante reflejo
de algún arroyo o charca.
El territorio, cubierto fundamentalmente de encinas, esconde una riqueza medioambiental
indiscutible y un modelo de aprovechamiento sostenible respetuoso con el entorno,
ejemplar y modélico.
Encinares y toro bravo
Invitamos a los viajeros a que retomen carreteras y caminos y descubran ganaderías,
estancias, plazas y tentaderos. Te aseguramos que en todos ellos la impresionante
figura del toro bravo te acompañará como ancestral y eterno vigilante
del encinar.
Si deseas realizar un completo recorrido de la comarca te invitamos a disfrutar
de una ruta que te llevará hasta los más recónditos parajes
del Campo Charro.
Escogemos la capital como inicio de nuestra andadura para dirigirnos hacia el suroeste
en dirección a Matilla de los Caños del Río. Bajo los exiguos
sillares de lo que fue su fortaleza nos desviamos para alcanzar Aldehuela de la
Bóveda y la Fuente de San Esteban. Tendremos ya oportunidades diversas de
disfrutar del bello espectáculo de la dehesa sea cual sea la época
del año que hayamos elegido.
Ermitas y Balnearios
La segunda parte del recorrido nos llevará hasta el bello rincón del
Balneario de Retortillo (de origen romano) y hasta Aldehuela de Yeltes, Tamames,
Vecinos y Las Veguillas.
Inmerso en este medio natural tan característicamente salmantino encontrarás
vestigios arqueológicos como dólmenes y castros y algunos de los más
hermosos humilladeros de toda la provincia. No dejes de visitar la ermita del Cueto
(Matilla de los Caños del Río) y la de Cabrera (Las Veguillas). Estos
lugares rezuman la más profunda espiritualidad y el más sincero sentir
religioso de los moradores de esta comarca.
Al retornar a la capital podrás acercarte hasta el sitio histórico
de Los Arapiles y visitar su aula histórica, o ascender hasta el monolito
que recuerda dicha gesta de la Guerra de la Independencia.
CIUDAD RODRIGO - SIERRA DE GATA
Variados paisajes conforman este territorio
salmantino que confluye con Portugal y Extremadura, al suroeste de la capital.
Su carácter periférico y fronterizo lo han mantenido, tal vez como
ningún otro, con una elevadísima calidad ambiental, arquitectónica,
etnológica y cultural que apenas ha modificado la mano del hombre. Las Arribes
del Águeda, el Rebollar, el Valle del Azaba o las elevaciones de la Sierra
de Gata son buenas muestras de ello.
Tan histórico espacio de litigios fronterizos se ha visto jalonado de murallas,
castillos y fortificaciones que intentaron amedrentar al invasor. Con mayor o menor
ventura han proporcionado al cabo de los tiempos personalidad propia a la comarca.
Ciudad Rodrigo
Cualquier camino o recorrido debe partir necesariamente de Ciudad Rodrigo pues la
visita a esta joya del poniente resulta del todo imprescindible.
Entre sus murallas de perfecta hechura, que alcanzaron su aspecto final en el siglo
XVIII, se esconde un valioso patrimonio histórico artístico que le
ha valido su declaración como conjunto histórico. No dejes de visitar
la Plaza Mayor y el Ayuntamiento, la Catedral, el Castillo de Enrique II de Trastámara
(Parador Nacional), la iglesia de Cerralbo o los innumerables palacios que ennoblecen
sus calles. Y si puedes escoger ningún momento mejor que cuando la ciudad
celebra su fiesta mayor: "el Carnaval del Toro".
El Rebollar y Sierra de Gata
Recorre el sur de la comarca y disfruta del espacio natural de El Rebollar y de
las propias cumbres de la Sierra de Gata. A lo largo de la interesante ruta descubrirás
paisajes, bosques y dehesas salpicados por calzadas y puentes romanos, castros,
dólmenes, ermitas, humilladeros y numerosos pueblos en donde se esconde la
gran riqueza de estas tierras: sus gentes. Acércate a ellas y disfruta de
sus antiguas tradiciones, costumbres y fiestas.
De Fuenteguinaldo a Navasfrías
No dejes de visitar la iglesia parroquial de Fuenteguinaldo, con su hermoso retablo
del siglo XVI, obra de Lucas Mitata, y el cercano castro de Irueña. En El
Bodón podrás admirar otra obra del mencionado escultor, en la ermita
situada a las afueras de la localidad, y adquirir alguna bella artesanía
textil o cerámica. Disfruta del folklore del Rebollar en Robleda y Peñaparda
y, si lo prefieres, dirígete hacia el extremo sudoccidental de Salamanca,
a Navasfrías, donde encontrarás atractivas y sugerentes ofertas para
pasar un fin de semana inolvidable en tierras fronterizas.
SIERRA DE BEJAR
Constituye esta alineación montañosa la
más elevada de toda la provincia. Sus cumbres, frecuentemente nevadas, evocan
en los salmantinos una conocida imagen que destaca en los horizontes meridionales
de este territorio.
Las características del histórico poblamiento de estos parajes muestran
una clara adaptación medioambiental junto a trazas arquitectónicas
de indiscutible tipismo y valía.
Todas estas singularidades han permitido englobar a gran parte de este territorio
dentro del Espacio Natural de Candelario, lo que aporta aún más atractivo
a la visita.
Esquí y Montañismo
Cualquier visita a este espacio debe contemplar la posibilidad de ascender hasta
sus cumbres. Aquí, en altitudes superiores a los 2.000 metros, se pueden
desarrollar variadas actividades de ocio en contacto con una de las más privilegiadas
naturalezas de Salamanca.
Para ello deberás llegar hasta la estación de esquí de La Covatilla
donde podrás practicar el deporte blanco, o remontar la carretera que desde
Candelario te llevará a La Plataforma. Cualquiera de los accesos te permitirá
recorrer, provisto del material adecuado, numerosos caminos y senderos que discurren
por estas cimas.
Conjuntos y Calzada Romana
Los conjuntos históricos de la comarca te ofrecen otra posibilidad de realizar
una interesante ruta que te llevará a disfrutar de las empinadas calles de
Candelario, arrullado por sus sonoras corrientes de agua, o a recorrer las calles
de la antigua ciudad de Béjar encerrada en sus murallas árabes. Tras
la visita a tan afamada ciudad textil podrás acercarte hasta la villa medieval
de Montemayor del Río.
Muy cerca de ella habrás atravesado uno de los conjuntos históricos
más importantes de toda la Península: la Calzada Romana de la Plata.
Si lo deseas puedes adentrarte en ella a la búsqueda de puentes, enlosados
y miliarios que te conducirán hasta Salamanca y, más aún, hasta
Astorga. Y sobre todo disfruta de los increíbles bosques y mohedas que surgirán
por doquier, pues encierran algunos de los más bellos rincones de toda la
provincia.
SIERRA DE FRANCIA
No nos equivocaremos al afirmar que se encuentra el
viajero en uno de los lugares más renombrados y de mayor tradición
turística de toda Salamanca.
Un medio natural montañoso, nutrido de valles cubiertos de bosques y recorridos
por numerosas corrientes fluviales, favorece la elevada calidad medioambiental de
la comarca que le ha valido su protección como Espacio Natural de Las Batuecas-Sierra
de Francia.
Los pueblos presentan una valiosa arquitectura popular, sirviendo de singular escenario
a fiestas, costumbres y tradiciones ancestrales de gran riqueza y plasticidad.
La mesa se nutre de exquisitos guisos y asados y la artesanía se diversifica
para completar un conjunto armónico que indudablemente sorprenderá
al visitante.
Peña de Francia
La cumbre de la Peña de Francia, con su monasterio dedicado a la Virgen de
esta advocación, te servirá de excelente mirador natural desde donde
contemplar toda la comarca, otras vecinas y parte de las tierras cacereñas.
Desde allí reconocerás numerosas localidades que merecen una pausada
visita. Los conjuntos históricos de Mogarraz, San Martín del Castañar,
Sequeros, Miranda del Castañar o La Alberca pueden servir de comienzo a la
andadura que podrá continuar descendiendo hasta el arqueológico Valle
de Las Batuecas o hasta el del río Alagón. Si remontas este último
accederás hasta las sierras más septentrionales cercanas a Linares
de Riofrío y a la villa medieval de Monleón.
Senderismo
Si eres amigo del paseo encontrarás sobradas oportunidades para ello que
te llevarán, por entre umbríos bosques, hasta antiguas minas de oro,
como las de El Cabaco, a recorrer senderos señalizados (GR-10, Ruta del Alagón)
o a disfrutar de las innumerables trochas y veredas que unían las distintas
localidades que salpican este espacio privilegiado.
CONDADOS Y DUCADOS
Tan sugerente título engloba las tierras orientales
de la provincia donde predominan bellos y diáfanos horizontes regados por
las aguas del río Tormes. Tierras pródigas en producción agrícola
reúnen prósperas localidades que compiten entre sí al mostrar
un valiosísimo y variado patrimonio monumental y artístico especializado
en el arte religioso.
La naturaleza, sin grandes distorsiones orográficas, muestra un variado interés
al encontrarnos con auténticos paisajes esteparios, junto a otros de dehesa
y los más prolíficos que brotan en torno a humedales y a las riberas
del propio río.
Espacios de tanta prodigalidad trascienden a las artes culinarias donde encontrarás
magníficos asados y reposterías con los que completar la visita.
Ruta del Mudéjar
Optemos por comenzar la andadura animando al viajero a disfrutar de la Ruta del
Mudéjar que recorre arquitecturas y techumbres de magníficos templos
en localidades como Alba de Tormes, Macotera, Turra de Alba, Villoria, Tordillos
o Villar de Gallimazo.
Otros muchos templos encierran tesoros artísticos en testeros, imaginerías,
pinturas o artes menores que no podrán dejar de ser visitados. Santiago de
la Puebla, Peñaranda de Bracamonte, Villares de la Reina, Aldeaseca de la
Armuña, Babilafuente, Alaraz, Cantalapiedra, Aldearrubia, Rágama,
Cespedosa o Puente del Congosto son buena muestra de ello.
Y si lo que deseas es contemplar sillares de antiguas defensas y fortificaciones
lo podrás hacer en Cantalapiedra, Salvatierra de Tormes o en Puente del Congosto.
Si te trasladas hasta estas últimas localidades verás el fluir del
Tormes allá donde sus aguas se hacen salmantinas, próximo a la gran
mancha de agua del pantano de Santa Teresa, en un entorno de gran interés
medioambiental.
Alba de Tormes
Sigue el río y acércate hasta Alba de Tormes, bello núcleo
ribereño donde se encuentra enterrada Santa Teresa y por donde discurre la
Ruta Teresiana y la de la Lengua Castellana, antes de encaminarte a Peñaranda
de Bracamonte, donde encontrarás algunas de las más hermosas plazas
porticadas de toda Salamanca.
Y si lo que prefieres es recorrer caminos y sendas, aventúrate por antiguas
cañadas ganaderas o por el tramo de la Calzada Romana de la Plata que desde
Salamanca se dirige hacia Zamora en su discurrir hacia tierras leonesas.
Cualquiera que sea tu opción, te aseguramos una completa satisfacción.
Mucha más informacion en: DIPUTACIÓN DE SALAMANCA
|
|
Esa piedra dorada, la misma que sostiene la ciudad con sus escarpes, fue materia
dúctil para los edificios magistrales de este lugar Patrimonio de la Humanidad.
La Plaza Mayor sirve de salida para cualquiera de los rumbos por el conjunto monumental,
concentrado en torno a la Universidad y a las catedrales, pero también disperso
por otros barrios más escondidos a los visitantes. En este faro cultural
y artístico, visible desde todos los rincones del mundo donde el hombre se
intriga y aun se asombra, vive la Salamanca eternamente juvenil, siempre aprendiendo.
los nombres de
algunos de los profesores que han pasado por sus aulas: aula de Unamuno, aula de
Salinas, aula de Dorado Montero o la de fray Luis de León, la única
que se ha conservado en su estado original, con los bancos y tarimas de la época
evocando así uno de los momentos de mayor prestigio de la institución.
Paraninfo, capilla y aula de la Columna completan las salas que se abren en el piso
bajo, sobresaliendo el primero por ser donde se celebran los actos institucionales
y donde han tenido lugar algunos hechos históricos de gran trascendencia,
o la capilla, que acoge el bello y exepcional retablo en el que se ensamblan lienzos
de los patronos de la ciudad y el cuadro del Juramento del dogma de la Inmaculada
por parte del claustro de profesores, o los restos de fray Luis de León,
que reposan en una urna, traidos aquí desde el cercano convento de San Agustín.
Por sus aulas han pasado como profesores o alumnos lo más granado de nuestro
Siglo de Oro y del siglo XVIII, y sus Estatutos han sido el modelo en los que se
inspiraron muchas de las universidades del Nuevo Mundo.
Fray Luis de León, Miguel de Unamuno, Pérez de Oliva, Abraham Zacut,
Calderón, San Juan de la Cruz, Meléndez Valdés, Torres Villarroel,
Iglesias de la Casa, José Cadalso, fray Diego Tadeo y otra serie de escritores
de la Escuela Salmantina dejaron su huella indeleble en el Estudio y en la ciudad
que lo acoge contribuyendo al prestigio y aurelola de los que goza.
El entorno y la zonas aledañas a la Universidad conservan íntegros
los valores que motivaron su declaración.
Aún es posible ver la parra junto al balcón del despacho de Unamuno,
a la que dedicó su preciosa poesía, o la calle de Libreros que evoca
el ambiente del siglo XVI, con la Clerecia al fondo, y la plaza de las Escuelas
presidida por la escultura de fray Luis de León mirado a la fachada, evocando
y resaltando el significado del año en que se erigió, 1868, y en uno
de sus lados el antiguo Hospital del Estudio y las Escuelas Menores, con sus aulas
abiertas a un precioso y bello patio con arquerías inspiradas en la de la
cercana Casa de las Conchas y siguiendo el modelo de la crujía alta del patio
de la Universidad; unos y otros constituyen ejemplos únicos en la ciudad.
En una de las aulas se ha colocado el llamado Cielo de Salamanca, parte de la bóveda
con los signos del Zodiaco que decoraba la antigua biblioteca universitaria, obra
de Fernando Gallego pintada a finales del siglo XV, cuyo significado se quiere relacionar
con el príncipe Juan.
Paraninfo
de la Universidad En el entorno de las Escuelas se levantaron una serie de colegios
mayores y menores que completaban el ámbito universitario de la ciudad. Cerca
estaban los colegios de Cuenca y el de Oviedo, ya desaparecidos, debidos al mecenazgo
de don Diego Ramírez de Villaescusa y don Diego de Muros, respectivamente,
obispos que se habían formado en las aulas de su Universidad; cerca se encontraba
el colegio Trilingüe, fundación de la propia Universidad, del que se
conserva su precioso patio serliano integrado en el edificio que acoge la Sección
de Físicas, y enfrente se alzaba el colegio del Rey, de la Orden de Santiago,
así conocido pues a Felipe II como gran Maestre se debía su fundación,
del que únicamente tenemos conocimiento por algunas viejas fotografías,
especialmente su patio, que nos hacen lamentar aún más su desaparición,
pues fue derribado para levantar en su solar la Facultad de Ciencias, y a su lado
el colegio menor de Santa María de los Ángeles, integrado en la parroquia
de San Millán, del que conocemos su planta aunque únicamente se conserva
su interesante portada pues de su patio, que vimos en pie hace unos años,
y de los restos de su escalera y otros detalles arquitectónicos nada se ha
conservado.
Sin embargo está en pie el colegio del Arzobispo, uno de los cuatro colegios
mayores que tuvo la Universidad y el único, junto con el de San Bartolomé,
éste reedificado en el siglo XVIII, que ha llegado hasta nuestros días.
Dotado en 1525 por don Alonso de Fonseca y Acevedo, arzobispo de Toledo, se levantó
en terrenos donados por el convento de San Francisco, a las afueras de la ciudad,
junto a la cerca medieval. Fue trazado por Diego de Siloé siendo ayudado
por el humanista Fernán Pérez de Oliva y algún otro maestro
toledano, y materializado por los canteros salmantinos más famosos del momento,
pues en él intervinieron Juan de Álava y Rodrigo Gil de Hontañón,
que en definitiva serán los que le den esa impronta tan local. Al primero
se deben los dos primeros tramos de la capilla, hasta el crucero, el zaguán
y el patio, en tanto que el segundo realiza la ampliación para acoger la
sepultura del fundador. El resultado es una iglesia de planta de cruz latina con
brazos poco profundos y cimborrio sobre el crucero, en línea con lo realizado
en San Esteban, presidido el testero por el retablo que encargó el arzobispo
a Alonso Berruguete en 1529, sobresaliendo por su traza plateresca en la que combina
los finos relieves con la escultura en bulto redondo y la pintura. La fachada del
colegio nos sorprende por la sencillez y por la portada, quizá la obra más
clásica de las construidas en la ciudad, proyecto sin duda de Siloé,
que se inspira en obras granadinas y juega aquí con la policromía
de los distintos materiales que hacen resaltar aún más la calidad
del relieve del medallón del remate que efigia a Santiago en la batalla de
Clavijo. El vestíbulo se cubre con la característica bóveda
de crucería que vemos en otras obras de Álava, y a él se abre
la portadita de ingreso a la capilla, una de las grandes creaciones del plateresco
local. Sin embargo llama la atención el patio por sus proporciones tan armónicas,
resuelto en arco de medio punto que descargan sobre pilares a los que se adosan
columnas acanaladas, en el piso alto los arcos son rebajados y las columnas abalaustradas,
completando la decoración los más de 128 medallones que vemos en las
enjutas en los que se representan los uomini famosi del Humanismo cuyas virtudes
deberían ser emuladas por los estudiantes residentes en el colegio.
Al lado derecho del colegio se levantó la Hospedería, ampliada entre
1678-1693 por Setiem Güemes, a quien se debe el sencillo patio interior y su
escalera, decorada con infinidad de vítores de colegiales y los más
recientes de los profesores de medicina, pues durante mucho tiempo fue Facultad
de Medicina. Su fachada fue rehecha en 1740 dotándola de una portada que
recuerda las obras de Andrés García de Quiñones, y ya en 1927
el arquitecto Santiago Madrigal la amplió con un Anfiteatro, conformando
el conjunto capilla, hospedería y anfiteatro uno de los monumentos más
importantes de la ciudad y una de las imágenes más características
para quienes se acercan hasta el entorno del Campo de San Francisco.
El colegio de San Bartolomé o de Anaya se alza en la plaza que lleva su hombre,
frente a la Catedral y al lado de la Universidad, monumentos que conforman tres
de los lados de esta bella plaza, en una de las zonas más emblemáticas
de la ciudad. Se debe su fundación a uno de los grandes mecenas de la ciudad,
don Diego de Anaya, arzobispo hispalense, que lo erigió a imitación
del de San Clemente de Bolonia. Las casas de tan ilustre prelado, fundador de la
capilla de San Bartolomé en la Catedral Vieja, se encontraban en la calle
de Palominos y se extendían hasta la de Jesús, donde más tarde
sus deudos levantarán el palacio de Orellana y la conocida como torre de
Abrantes. El antiguo colegio fue renovado a partir de 1760, momento en que realiza
el proyecto José Hermosilla y Sandoval, materializado por Juan de Sagarvinaga.
Destaca la espectacular fachada y escenográfica escalinata que culmina en
un pórtico tetrástilo rematado en un gran frontón que sobresale
en la impresionante fachada, rematada en una balaustrada en la que vemos el monumental
escudo del fundador. El patio se inspira en el desaparecido del colegio del Rey,
con sus dos plantas arquitrabadas, y escalera imperial cuyo rellano lo preside el
busto de don Miguel de Unamuno realizado en 1930 por Victorio Macho, escalera que
en 1771 se dudaba de la conveniencia de su construcción dado el carácter
monumental con que se había proyectado. La capilla es la conocida como iglesia
de San Sebastián, con sendas portaditas abiertas una a la plaza y la otra
en el lado de la epístola, presididas por las esculturas del titular del
templo y de San Juan de Sahagún, que fue colegial y capellán del colegio.
La antigua parroquia de San Sebastián se unió en 1437 por una Bula
del papa Eugenio IV a la capilla del colegio, siendo rector don Alonso de Madrigal
y obispo de Salamanca don Sancho de Castilla. La iglesia nueva fue consagrada el
21 de diciembre de 1744 por don Juan Oruña y Calderón, obispo de Osma,
siendo atribuida con seguridad a Alberto Churriguera, y a Joaquín Churriguera
se debe la Hospedería, de la que sobresale la sobriedad de su patio, inconcluso
pues están sin labrar las alas norte y sur, señalando que parece una
copia del patio del colegio del Arzobispo.
No tan importante como éste es el colegio de San Pelayo o de los Verdes,
erigido junto a la Clerecía, cerca de los de Cuenca y de Oviedo, fundado
en 1566 por don Fernando de Valdés, antiguo colegial del de San Bartolomé.
Únicamente se conservan su capilla, la fachada principal y algún resto
de su patio, constando que fue una de las últimas obras realizadas por Rodrigo
Gil de Hontañón, ha Colegio del Arzobispo Fonseca sido restaurado
y rehabilitado recientemente para acoger la Facultad de Geografía e Historia.
A lo largo del siglo XVI se levantaron una serie de casas y palacios que son determinantes
a la hora de concretar la monumentalidad e importancia de la ciudad en el Siglo
de Oro pues algunos son obras que figuran en la Historia del Arte como ejemplos
de una época. Sin duda uno de ellos es la Casa de las Conchas, que se alza
junto a la antigua puerta del Sol y al comienzo de la actual calle de la Compañía,
en una zona, en la parroquia de San Benito, dominada por la familia de los Maldonado,
cuyos palacios y casas se alzaban a ambos lados de la calle, excepto el de los Acevedo
todos los demás eran o estaban vinculados a ella.
Cuando el visitante se acerca a la calle de la Compañía le vienen
a la memoria aquellas líneas escritas por don Miguel de Unamuno: “...
Hay viejas calles, como la de la Compañía, al pie de / palacios y
templos dorados por los siglos, en que puede / uno ir soñando...”.
El palacio se levantó sobre los solares de las casas de don Arias Maldonado,
arcediano de Toro, seguramente el que está enterrado en la capilla mayor
de la catedral, a los que se añadieron los adquiridos por el doctor don Rodrigo
Arías Maldonado, catedrático de la Universidad, embajador en las cortes
de París y Lisboa, señor de Babilafuente y Avedillo, y fundador de
la capilla de Talavera en la Catedral Vieja, donde reposan sus restos y los de su
esposa. La casa, como ha demostrado Álvarez Villar, responde a dos momentos
bien diferentes, pues debió ser edificada por el citado don Rodrigo y su
esposa doña Marina Álvarez de Porras, siendo ampliada en cuanto a
la ornamentación se refiere, las famosas conchas que le dan nombre, por su
hijo Arias Maldonado, casado con doña Juana Pimentel, escudos de Maldonado
y Pimentel que aparecen por la fachada e interior resaltando así la unión
de ambas familias. La parte más monumental es la que da a la calle de la
Compañía, la fachada principal, donde se abre la original portada
y la serie de preciosas ventanas, siendo perceptible su carácter torreado.
La portada se encuentra descentrada a uno de los lados, como es corriente en otros
casos, con tímpano mixtílineo que acoge las armas de los Maldonado
flanqueadas por sendos leones y decoración de lambrequines y cimera, en tanto
que el dintel nos muestra el tema de los delfines afrontados, símbolo de
la fidelidad. Las ventanas de la planta principal alternan el diseño, pues
en unas se cierran con recrucetado, y en otras son amaineladas, resaltando en unas
y otras las tozas, platerescas unas y hispanoflamencas otras, con los escudos de
armas de los Maldonado-Pimentel, en algún caso tenidos por puttis o enmarcados
por láureas. Las ventanas de la entreplanta están protegidas con las
más bellas rejas de la ferrería gótica que existen en la ciudad,
decoradas con almenillas, torrecillas y blasones de los propietarios.
Con todo los detalles más
significativos son las conchas que tapizan materialmente los muros de la casa y
cuyo significado se nos escapa pues bien podrían hacer referencia a los Pimentel,
cuyo escudo de armas junto con el de los Maldonado vemos repetidos en el interior
y exterior. La sorpresa del visitante no termina con la admiración de la
fachada, se ve acrecentada cuando entra y ve su precioso e interesante patio. Se
trata de un patio cuadrado de dos plantas que es imposible de adscribir a un estilo
o a un artista determinado, y ya nos gustaría saber quién lo proyectó
y los tallistas que realizaron sus preciosas decoraciones.
Su piso bajo lo conforman arcos mixtílineos, copiados después en el
Patio de Escuelas Menores y en las Escuelas Mayores, con prótomos en las
enjutas de los que penden escudos con las armas de los Maldonado, en tanto que en
el piso superior, con columnas de mármol, están enmarcados en láureas;
unos y otros únicos en la ciudad, como lo son la crestería dibujando
flores de lis y los antepechos con bellas tracerías hispanoflamencas. La
escalera, amplia, cubre su caja con precioso artesonado de casetones luciendo en
los ángulos los escudos de los Maldonado. No menos interesantes son los artesonados
y alfarjes de algunas de las salas, entre ellas la principal, hoy sala de lecturas.
Casi enfrente se alzaba el palacio de don Juan González de Acevedo y doña
Aldonza Díez Maldonado, abuelos del patriarca de Alejandría y arzobispo
de Santiago de Compostela, también torreado, con ventanas amaineladas con
columnas de mármol, y junto a él la casa de don Diego Alonso Maldonado,
que se extendía hasta la calle de los Moros y Rabanal, en uno y otros se
documentan diversos momentos de los alborotos acaecidos en la ciudad a lo largo
del siglo XV. A continuación se levantaba otro de los palacios de los Maldonado,
desaparecido en el siglo XVII para levantar la huerta y convento de las Agustinas.
La otra acera de la calle la ocupaban igualmente palacios vinculados a la familia
de los Maldonado. En la plaza de San Benito con fachada a la calle de la Compañia,
el de don Pedro Maldonado Pimentel, nieto del dueño de la Casa de las Conchas,
ajusticiado en Villalar por comunero, y a continuación, aún en pie
aunque muy alterado, otro palacio de la familia. Lo curioso y significativo es que
al final de la calle, en contraposición a la Casa de las Conchas se levanta
el palacio de Monterrey, paradigma del palacio renacentista, de los Acevedo-Fonseca,
levantado por deseo expreso de los dos grandes arzobispos, padre e hijo, como casa
del mayorazgo de la familia. Casa de las Conchas y palacio de Monterrey son dos
ejemplos únicos, cada uno en su estilo, representativos de las dos grandes
e importantes familias salmantinas en constantes enfrentamientos aunque estuviesen
emparentadas por enlaces matrimoniales. La construcción del palacio de Monterrey
nos es bien conocida y no insistiremos sobre ella aunque es conveniente recordar
algunos momentos importantes. Lo comienza don Luis de Acevedo en el solar de sus
casas a las que añadió los de otras propiedades adquiridas a la cofradía
de los escribanos y a la parroquia de Santa María de los Caballeros. La traza
se encargó en 1539 a dos de los maestros más importantes del momento:
Rodrigo Gil de Hontañon y fray Martín de Santiago, que dirigían,
respectivamente, las obras de la Catedral Nueva y las del convento de San Esteban
y las Dueñas, siendo materializadas por canteros como Pedro de Ibarra y Miguel
de Aguirre. Seguramente tendría cuatro torres y un patio central con fachada
retranqueada mirando a la zona de la Plaza Mayor, proyecto que fue abandonado en
1560, cuando la condesa viuda, hija del condestable de Castilla, se vió imposiblitada
para concluirlo dadas la innumerables deudas dejadas por su esposo, momento en que
piensa en hacer el jardín y huerta, para lo que adquiere el terreno necesario
a los franciscanos, quienes imponen como condición la prohibición
de levantar ningún tipo de construcción que afectase a su clausura.
Los detalles estructurales como la loggia o los miradores de los torreones y su
posible procedencia ya han sido comentados y su filiación parece clara, al
igual que el carácter francés de sus chimenas pues el conde de Monterrey
acompañó al Emperador en sus campañas contra Francisco I, pero
con todo lo que verdaderamente llama la atención y cobra hoy mayor interés
es el comprobar el deseo del conde de dejar clara la importancia de sus entronques
familiares, bien patentes en la serie de escudos que decoran los torreones del palacio.
Entre estos dos espectaculares palacios, en la plaza de San Benito, uno de los espacios
más singulares de la ciudad por su significado histórico, circundando
la iglesia, se alzan tres casas de importancia singular: la del camarero don Diego
Maldonado, la de don Francisco de Solís y la de don Pedro Maldonado. La primera
fue edificada en 1530 y la segunda en 1537, constando que son obras de Juan de Álava
y de Juan de Aguirre, respectivamente.
La de don Pedro Maldonado es de los primeros años del siglo XVI, reformado
el interior en 1542, fue convertida y transformada en un convento, el de la Madre
de Dios, tras ser ajusticiado su propietario y confiscados sus bienes tras la derrota
de Villalar, y si bien se picaron los escudos y se tapió la puerta principal
aún es visible en el interior la estructura de la casa y sus salas con los
alfarjes renacentistas. Cerca, frente al ábside de las Úrsulas y a
la escultura de don Miguel de Unamuno realizada por Pablo Serrano, se levanta la
llamada Casa de las Muertes, Patio de la Casa de las Conchas La Catedral Nueva donde
posiblemente vivió Juan de Álava, y que constituye uno de los ejemplos
más conocidos del plateresco salmantino, sobresaliendo en la fachada el medallón
del patriarca de Alejandría, don Alonso de Fonseca, formando con la Casa
de Unamuno uno de los rincones más bellos de la ciudad que ha conservado
uno de los entornos más cuidados y queridos para los salmantinos por ser
la casa donde vivió y murió don Miguel y donde escribió algunas
de sus obras.
Otros de los ámbitos de importancia histórico artística es
la plaza de Colón, antes de San Adrián, pues la iglesia la presidía,
en torno a la cual se levantaban una serie de palacios y torres vinculados a la
familia de los Anaya. La torre del Clavero constituye el único ejemplo de
arquitectura militar de finales del siglo XV que se conserva en la ciudad y uno
de los monumentos más conocidos. Sabemos que formaba parte de un palacio
más extenso desaparecido a finales del siglo XIX y que fue contruida antes
de 1491 por don Francisco de Sotomayor, hijo de Juan Gómez de Sotomayor,
emparentado con don Diego de Anaya pues su bisabuela doña María Gómez
de Anaya era tía del arzobispo, lo que explicaría los escudos que
campean en el monumento.
Don Francisco falleció con posterioridad a 1508, pues este año otorga
testamento mandando ser enterrado en la iglesia de San Adrián, junto a la
tumba de sus mayores, que reposaban en la capilla mayor. Ya se ha señalado
la relación formal que tiene con la torre de Belálcazar, señorío
de los Sotomayor, y no insistiremos en ello, resaltando su estructura ochavada sobre
una base cuadrada, con garitones cilíndricos en cada uno de los lados del
octógono, en donde campean las armas de Anaya y Sotomayor. El otro lado de
la plaza lo ocupa la conocida como torre de Abrantes, esquina a la calle Jesús
y a San Pablo, frente al Palacio de Orellana. A finales del siglo XIX existían
en esta zona dos torres, una frente otra, separadas por un espacio de terreno sobre
el que más tarde se trazaría la calle de San Pablo. Una de estas torres
se alzaba en el solar ocupado hasta hace poco por el colegio de Santa Teresa, linderos
por el oeste y sur con el convento de las Dueñas. En 1512 las dominicas interponían
un requerimiento judicial contra María de Sotomayor, que actuaba en representación
y como tutora de su hijo Alonso Enríquez, señor de Villalba de los
Llanos, por entender que los vanos de la torre del palacio que estaban construyendo
invadían la clausura de sus huertas y jardines. Esta torre es la que vio
y dibujó Vázquez de Parga y que él llamó torreón
de los Duques de Abrantes, del que dice: “frente a la iglesia de San Adrián
y ocupando todo el lienzo sur de la misma, se asentaba el amplio y suntuoso palacio
de los Duques de Abrantes; del cual no hemos conocido más que el solar cercado
de altas tapias y el fuerte y adusto torreón que flanqueaba su lado oriental...
Su fachada la transportaron a una finca suya sus próximos parientes los marqueses
de Castellanos y el solar se halla convertido en un Colegio de 1ª y 2ª
enseñanza...
En un pie de foto
leemos: el monumento a Colón, Palacio del Marqués de Liseda, hoy de
Albaida, y torreón de los Anaya, de Sancho Gómez”.
La conocida como torre de Abrantes no es otro que el palacio de los Anaya de Sancho
Gómez. Su portada de ingreso, como la de otros palacios locales, se resuelve
a base de arco de medio punto de grandes dovelas, conservándose en el interior
el patio, porticado en el piso bajo de tres de sus lados, y algunas techumbres de
madera en las habitaciones que dan a la calle de Jesús, donde se pueden ver
los escudos de Anaya y Bazán. Frontero a la torre de Abrantes se levanta
el palacio de Orellana, de la Conquista o de los marqueses de Albaida, pues con
esos nombres se le conoce. Sabemos que fue construido por don Francisco Pereira,
hijo de Juan Pereira, “el viejo”, descendiente del arzobispo don Diego
de Anaya, que le cita en su testamento. Francisco de Anaya fundó mayorazgo
vinculando al mismo “...las casas grandes que he fecho y labrado y de las
demás casas y posesiones questan junto a ellas en la calle que llaman del
Jesús e por detrás de la calleja del Colegio del Obispo de Obiedo
que llaman de Pan e Carbon, ...” imponiendo las armas de los Anaya como principales
y así debían figurar y en caso contrario sus posesiones pasarían
a los descendientes de don Fernando de Anaya, señor de Cubillas, cuyas casas
eran las del cantón frontero en medio de la calle de Jesús. Gaspar
aceptó el mayorazgo fundado por su padre, los bienes a él vinculados
y las condiciones impuestas por su progenitor, especificando que recibió
el palacio recién terminado y que había gastado grandes sumas en amueblarlo,
lo que nos da una fecha aproximada para su conclusión, la de 1577.
Sobre el autor tenemos pocas noticias, solamente sabemos que en las condiciones
redactadas por Rodrigo Gil en diciembre de 1556 para construir el colegio Triligüe
especifica que el socalzo sea de piedra berroqueña de Ledesma, tal y como
se hacía en el palacio de don Francisco de Pereira y en la Catedral lo que
podría arrojar alguna luz sobre el particular. La gran fachada nos muestra
una organización de vanos y detalles clasicistas en los frontones, aunque
compositivamente repite el modelo de Monterrey, con su logia entre torreones y planta
noble con huecos perfectamente distribuidos. El patio, con planta en L es de lo
más original, lástima que no sea visitable, con galerías bajas
con arcos de medio punto y piso alto adintelado sobre columnas con capiteles y zapatas,
recordando lejanamente el claustro de las Dueñas y relacionado sin duda con
obras toledanas. Unas de las crujías muestra un tercer piso, de menor altura,
caso que solamente vemos en el patio del palacio de don Pedro Maldonado, en la plaza
de San Benito. La escalera, monumental, se alza junto al cuerpo bajo del torreón,
en uno de los ángulos del patio y abierta a él en amplio ventanal.
En los arranques de los descansillos se sitúan guerreros idénticos
a los que había en el palacio de los Monroy de la calle de Zamora y a los
del palacio de los Guzmanes de León. Este palacio es uno de los grandes monumentos
de Salamanca, importante e interesante desde el punto de vista artístico
e histórico por su vinculación directa con los descendientes del arzobispo
don Diego de Anaya y por ser un ejemplo único de la arquitectura de la segunda
mitad del siglo XVI.
A escasos metros del anterior se alza el palacio de don Rodrigo de Messía,
la Salina para los salmantinos, cuya historia nos es bien conocida. El 17 de agosto
de 1549, ante el escribano de la ciudad Pedro Garavito, don Rodrigo y su esposa
doña Mayor de Fonseca establecían el mayorazgo en la persona de su
segundo hijo Juan Alonso de Fonseca; para el primogénito Gonzalo de Messía
se reservaban los mayorazgos del padre: Santa Eufemia y La Guardia. En el mayorazgo
de Juan se incluían “...las casas principales que poseen en esta ciudad
de Salamanca en la calle de Albarderos con todas las casas que con ella andan y
con las que en ella se están labrando o se labrase, las dichas casas fueron
del doctor Zúñiga, e de la otra metad hizo merced el Emperador don
Carlos Rey nuestro señor a mi la dicha doña Mayor de Fonseca, para
el hijo o hija en quien yo hiciere mi mayorazgo...”.
En una escritura posterior de ampliación de mayorazgo, ante Bartolomé
Carrizo, en 20 de febereo de 1556, se añaden ciertos detalles sobre las casas
“...se han de meter en el dicho mayorazgo las casas de Salamanca, en que los
dichos señores don Rodrigo y doña Mayor viven, con todo lo que en
ellas está labrado o se labra en adelante se labrará...”. Las
obras fueron materializadas por Martín de Sarasola, cantero muy afamado en
la ciudad, que seguramente siguió las trazas de Rodrigo Gil de Hontañón
pues su fachada sigue los modelos vistos en Monterrey y en la escalera de Soto,
planteándose muchas dudas a la hora de explicar los arcos mixtilíneos
que aparecen en una de las crujías del patio, seguramente debidos a la restauración
realizada por José Secall a finales del siglo XIX, como singular es la galería
volada de uno de sus lados, sobre ménsulas renacentistas que nos recuerdan
las obras de Pedro de Ibarra en la capilla de los Piedrabuena de San Pedro de Alcántara
o la tribuna de la capilla de la Inmaculada de la catedral de Astorga, una y otra
debidas a maestros salmantinos.
En la misma calle de San Pablo se alza otro palacio de interés, el de Castellanos,
ignorando a qué familia perteneció pues el nombre con el que lo conocemos
es título nobiliario del siglo XVIII, aunque sospecho, sin poderlo confirmar,
que perteneció a la familia de don Diego de Anaya. Su patio responde a un
modelo muy difundido en la ciudad, con altas columnas que rematan en capiteles poligonales
góticos, lo único, junto con restos de algún artesonado y la
fachada, del siglo XIX, que se ha conservado tras la rehabilitación para
convertirlo en un moderno centro hotelero. Cerca se levanta la fachada de la Casa
de la Concordia, en realidad la casa de los Paz, cuya divisa ira odium generat concordia
nutrit amoren aparece en la rosca del arco de su sencilla portada.
No terminan aquí las casas de interés, y no podemos pasar por alto
la de los Rodríguez de los Manzano y la de doña María La Brava,
por más que estén fuera de la delimitación física del
Conjunto Histórico pues sus familias ensangrentaron la ciudad a finales del
siglo XV en uno de los hechos más trágicos que recuerda la historia
local, y cerca se levanta la Casa de los Ovalle, tan vinculada a Santa Teresa y
citada en sus escritos.
Frente a la casa de los Rodríguez del Manzano, presidiendo uno de los lados
de la plaza de la Libertad, se alza la casa de los Rodríguez Figueroa, construida
por don Juan, Presidente del Consejo de Nápoles, Sicilia y Milán en
los reinados de Carlos V y Felipe II, atribuyéndose la traza a Rodrigo Gil.
Ha sufrido diversas reformas y restauraciones para acondicionarlo para Casino, conservándose
aún el patio donde se reunía la tertulia a la que acudía don
Miguel de Unamuno y en el que se han celebrado diversos actos sociales.
No dejemos de citar por su interés el palacio de los Abarca-Alcaraz, en la
plaza de Fray Luis de León, coetáneo de la Casa de las Conchas y convertido
en sede del Museo de Bellas Artes. Sus propietarios, los Abarca-Alcaraz, tuvieron
un papel importante en la Corte de los Reyes Católicos y en la vida universitaria
salmantina. Tanto Fernández Álvarez Abarca como sus hijos Gabriel
y Fernando fueron catedráticos de medicina del Estudio y ostentaron el título
de Doctores de la Reina, pues lo fueron de doña Juana y de sus padres gozando
de un merecido prestigio en la época, hasta el punto que ambos son citados
por Lucio Marineo Sículo como hombres célebres. Don Gabriel estuvo
casado con Beatriz de Anaya, conociéndose que al menos tuvieron un hijo,
Francisco de Anaya, que en 1522 ya había fallecido, librándose así
de las iras imperiales pues fue uno de los excluidos del perdón real por
su afección al bando comunero. Ana, única hija de Fernando Álvarez
Abarca y de su mujer Beatriz de Alcaraz, vio cómo su esposo Francisco Maldonado
era condenado a muerte el 24 de abril de 1521 por haber sido uno de los capitanes
de los comuneros y enterrado en la capilla que la familia poseía en el coro
bajo del cercano convento de San Agustín; la historia ha querido ver en doña
Ana la modelo de la Perfecta Casada, tratado de fray Luis de León, quien
vivió y fue enterrado en el cercano convento de su Orden. El palacio, como
bien pregonan sus escudos, fue levantado por Fernando Álvarez Abarca y su
esposa Beatriz de Alcaraz, conociéndose que las obras estaban iniciadas en
1507 y continuaban en 1521, trabajando en él Michelde Gaybar. Los vanos de
la planta noble, con profusa e interesante decoración, de mayor tamaño,
con una distribución más armónica, centran el interés
por marcarse en ellos los anacronismos del conjunto, o quizá las claves del
momento transicional en que se edifica, pues el abierto en la torre nada aporta.
Las centrales están enmarcadas por un alfiz quebrado que cobija las armas
reales, ya con la granada. Un análisis minucioso nos permite apreciar que
la decoración del alfiz es plateresca, semejante a la de la fachada de la
Universidad y relacionada con la del fondo de la hornacina de la portada del colegio
de San Millán; otros muchos detalles en los antepechos, y los gabletes hispanoflamencos
muestran cómo conviven los detalles nuevos, otra vez los delfines afrontados,
con los más significativos del gótico. El patio, al que se accede
tras atravesar el zaguán, es sencillo, austero, de dos pisos con galerías
de arcos escarzanos con intradós de gran bocelón sobre altas columnas
de basas ochavadas y capiteles poliédricos ornados con pomas. La cornisa
de la torre, única original, con doble fila de pomas y arquillos entrelazados,
es semejante a la que vemos en la casa del comunero Pedro Maldonado sita en la plaza
de San Benito. Junto a éste se alzaba hasta hace unos años la llamada
Casa de fray Luis de León, de la que conocemos por fotografías antiguas
su patio, en cuyo solar se levantó el colegio que lleva su nombre, respetando
la fachada que fue trasladada al chaflán de la manzana.
Los siglos XVII y XVIII supusieron una nueva renovación urbana que dejó
en la ciudad algunos de sus monumentos más emblemáticos que enriquecieron
aún más el patrimonio histórico artístico. Frente a
la Casa de las Conchas se levantó el Colegio Real de la Compañía
de Jesús, la Clerecía. En 1611 la reina Margarita de Austria, aconsejada
por su confesor, fundó y dotó con largueza el nuevo colegio de los
Jesuitas, proyecto al que se sumó Felipe III, quien intervino para allanar
los problemas relativos a la consecución de los solares necesarios para llevar
a buen fin la voluntad real, pues no olvidemos que se tuvieron que derrocar la iglesia
de San Pelayo y la ermita de Santa Catalina, aparte de desaparecer algunas calles
y tener que adquirir los solares de muchas casas y el palacio de los Acevedo, pero
el proyecto que se barajó, que se conserva, incluía la iglesia de
San Isidoro llegando hasta la calle de Libreros. Los planos fueron delineados por
Juan Gómez de Mora y las obras se iniciaron en 1617 y duraron más
de 150 años, lo que explica a la perfección los diferentes estilos
que se irán plasmando en tan magna obra, que competía sin duda con
la Catedral y Universidad y en la que intervinieron una serie de arquitectos de
gran prestigio: Simón de Monasterio, Juan Moreno y Alonso Sardiña,
que levantaron los muros de la iglesia; en 1648 el lego jesuita Pedro Mato se hace
cargo de la obra y a él se deben el abovedamiento de la nave, la cúpula
sobre el crucero y el cuerpo superior de la fachada, proceso que concluirá
con la barroquización llevada a cabo por Andrés García de Quiñones
y su hijo Jerónimo, quienes proyectan las dos grandes torres y la espadaña
siguiendo un esquema parecido a la solución prevista para el ayuntamiento
que preside la Plaza Mayor, maqueta que se conserva. La planta repite el esquema
jesuítico de una nave con capillas hornacina comunicadas entre sí
y tribuna sobre ellas, sorprendiendo por el clasicismo del conjunto y marcando a
la perfección el significado de Gómez de Mora en la Historia de la
Arquitectura, roto únicamente por el barroquismo de la cúpula. El
Colegio Real es por su magnitud una de las construcciones más emblemáticas
de la ciudad pues sus largos y altos pabellones, de paramentos desnudos, son visibles
por el viajero que se acerca a la ciudad, siendo perceptible para el espectador
la magnitud de esta construcción. Con todo lo más importante es su
claustro, una de las obras más barrocas del país, con su carácter
borrominesco en el que un orden gigante enmarca un piso de arquerías y otro
de balcones con óculos apaisados, coronado por un ático de ventanas,
un conjunto de masas y volúmenes muy dinámico que sorprende al espectador.
La portada, el Paraninfo y la escalera completan este magnífico conjunto
barroco que se enriquece con una colección de retablos y esculturas acordes
con la importancia y grandeza del monumento, sobresaliendo, obviamente, el de la
capilla mayor, obra de Juan Fernández, modelo de los retablos que denominamos
prechurriguerescos.
En la misma calle de la Compañía, a escasos metros, se alza el convento
de Agustinas Recoletas, frente al palacio de Monterrey, que lo separa del convento
de las Úrsulas, tres monumentos debidos al patrocinio de una misma familia,
los Fonseca. Al mecenazgo de don Manuel de Zúñiga y Fonseca, cuñado
del duque de Olivares, virrey de Nápoles desde 1631, se debe la construcción
de este nunca bien ponderado convento.
En un principio pensó en construir su capilla funeraria en el cercano convento
de las Úrsulas, pues allí, en la capilla mayor, reposaban los restos
de sus padres, cambiando de idea y ordenando delinear los planos en Nápoles
para su nueva fundación, que se levantaría en parte de los solares
de uno de los palacios de los Maldonado interviniendo el corregidor para allanar
la oposición del convento de la Madre de Dios y poder adquirir el precitado
palacio, venciendo ambas dificultades aduciendo las grandes ventajas urbanísticas
que representaba para la zona al ganar anchura la calle.
Bartolomeo Pichiatti y Cósimo Fanzago, ambos napolitanos, se encargaron de
hacer los planos y de proyectar los retablos y otros detalles decorativos como los
bultos funerarios de los condes, que irían colocados a ambos lados del presbiterio,
y el púlpito. Los pórticos que flanquean la fachada son sin duda los
detalles más napolitanos, al igual que las únicas capillas que se
abren en la nave, sin embargo para la gran fachada se han barajado modelo romanos.
Fachada y portada configuran una imagen única en la ciudad, a base de mármol
grisáceo y un juego caprichoso de formas en las pilastras con puntas de diamante
y extraños capiteles jónicos, algo desconocido por estas tierras.
Si es cierto que los planos y la decoración es italiana también lo
es que Palacio de los Abarca-Alcaraz Colegio Real de la Compañía de
Jesús, La Clerecía la cúpula se debe a fray Lorenzo de San
Nicolás, de ahí ese carácter madrileño, pues es ochavada
y con los paños combados, en perfecto maridaje con la obra italiana y conformando
un conjunto monumental excepcional.
Pena es que no podamos admirar el claustro, obra clásica debida a Juan Gómez
de Mora, y otras dependencias de clausura. El exterior del convento conforma uno
de los lados de la recoleta plaza de Monterrey, tan fotografiada como admirada por
quienes nos visitan, seguramente sin saber que las preciosas portaditas son obra
de Joaquín de Churriguera y de Juan Gómez de Mora, magníficos
complementos al frontero palacio de Monterrey.
Pocos interiores hay en nuestra arquitectura religiosa que tengan tanto interés
como la iglesia de la Purísima, así la conocemos los salmantinos,
no hay templo que exhiba una colección pictórica tan importante como
ésta. El retablo lo preside la Inmaculada de José de Ribera, pintada
en Nápoles en 1635, a la que acompañan el San Juan Bautista de Guido
Reni; los cuadros de San José y San Joaquín y Santa Ana, quizá
de Cavedone, y el San Agustín, obra considerada rubeniana por los especialistas,
y de Ribera es la Piedad que corona el retablo. Añadamos el San Jenaro y
el San Agustín, en los retablos del crucero, ambos del Españoleto,
y podremos hacernos una idea de la importancia de lo que vemos y de lo que supuso
para Salamanca el mecenazgo del conde de Monterrey, a las que hay que unir las pinturas
repartidas por los muros de la iglesia, pues aún hay que destacar y ver La
Anunciación, de Lanfranco; La Virgen del Rosario entre Santo Domingo y San
Antonio, de Massimo Stanzione, y La Crucifixión, de Francesco Bassano. Las
esculturas orantes de don Manuel de Zúñiga y Fonseca y de su esposa
doña Leonor de Guzmán y Zúñiga fueron realizadas en
Nápoles por Giuliano Finelli y representan a la perfección el carácter
de los mecenas.
A lo largo de los siglos XVII y XVIII los entornos del conjunto catedralicio se
enriquecerán con nuevos monumentos de interés especial por su carácter
benéfico. El Cabildo funda el colegio de San Ambrosio para Niños Expósitos,
en las cercanías de la Catedral Vieja, junto a la muralla y a la puerta del
Río. Consta que la planta fue realizada en 1720 por Joaquín de Churriguera,
con fachada de dos pisos que se integra perfectamen- Convento de las Agustinas te
en el entorno monumental, destacando la portada y la imagen de San José que
preside su hornacina, semejante a la del colegio de Calatrava. El interior conserva
un pequeño patio con arquerías de medio punto sobre recios pilares
y una escalera de cierto interés arquitectónico. El colegio de Carvajal,
junto a la cabecera de la Catedral Nueva y al lado de la Cueva de Salamanca, es,
más bien era, uno de los poco monumentos civiles del siglo XVII, e importante
por los arquitectos que intervinieron en su construcción. Fue fundado en
1662 para acoger a colegiales huérfanos y pobres de solemnidad, fines que
estableció don Antonio de Vergas y Carvajal en su testamento. La capilla
y el edificio fueron construidos por Pedro Rodríguez Adán con planos
del lego Pedro Mato, y en su capilla se conservó hasta hace un año
la escultura orante del fundador, de Juan Rodríguez, y el precioso retablo
presidido por La Inmaculada, del mismo autor; todo ello, salvo la imagen mariana,
desapareció en un pavoroso incendio acaecido no hace mucho, el segundo, pues
ya en el XVIII sufrió otros estragos por las llamas. Su fachada y portada,
con el escudo e inscripción alusiva al fundador, son obras de gran interés.
Colegio de Calatrava. La Orden de Calatrava contaba con un pequeño colegio
en la ciudad, junto al palacio de la Salina, hasta que a comienzos del siglo XVIII
decidieron levantar uno más acorde con las necesidades de sus colegiales
y que respondiese al prestigio de la institución. Se eligió un solar
junto al Monte Olivete y San Esteban, mirando hacia la vega del Tormes. Los planos
se encargaron a Joaquín de Churriguera, que dirigió los trabajos hasta
1724, reanudándose en 1750 bajo la dirección de Jerónimo García
de Quiñones imponiéndose ya unos criterios bien diferentes de los
que había propuesto Joaquín. El colegio tiene planta rectangular,
con cuatro torreones en los ángulos siguiendo así el esquema de los
alcázares, enmarcándo los fronteros la monumental fachada precedida
de una escenográfica escalera. El claustro responde ya a unos criterios neoclásicos,
a base de pilares cuadrados que soportan arcos de medio punto, sin ningún
interés, salvo la espectacular escalera, gemela de la que hay en colegio
de la Real Compañía de Jesús. La capilla, de planta de cruz
latina, nada tiene de interés salvo ser un buen ejemplo de la arquitectura
del XVIII, pues de sus retablos y de las pinturas de Goya nada se conserva.
Pero no hay monumento que represente mejor a la ciudad que la Plaza Mayor, su centro
neurálgico y el mejor exponente de la arquitectura civil. Salamanca contaba
con una plaza, la de San Martín, de gran amplitud a juzgar por las descripciones
de los viajeros, verdadero centro comercial y social Al comienzo del siglo XVIII
el corregidor don Rodrigo Caballero y Llanes, consciente que la plaza existente
no respondía a la importancia de Salamanca, decide iniciar los trámites
para levantar una más acorde con el prestigio de la ciudad. El Ayuntamiento
tenía que allegar los recursos y dar la licencia el Consejo Real de Castilla,
lo que se consiguió, no sin problemas por lo que suponía de desembolso
para las arcas municipales. El 10 de mayo de 1729 se iniciaba la construcción
de la Plaza siguiendo los planos de Alberto de Churriguera, quien propuso que se
comenzase por el Pabellón Real pues los solares eran propiedad del municipio,
continuando con el pabellón de San Martín, obras que estaban concluidas
en 1733. Los dos pabellones restantes no se iniciarían hasta quince años
más tarde, debido fundamentalmente a los problemas con los propietarios de
las casas que se tenían que derribar y al cambio del proyecto para la Casa
Consistorial. La marcha de la ciudad de Alberto de Churriguera hizo recaer la maestría
en Manuel de Larra, quien propuso un proyecto para el Ayuntamiento que contemplaba
dos grandes torres flanqueando una gran espadaña donde figuraría un
relieve de Santiago en la batalla de Clavijo, solución que tras inspeccionar
Berruguilla los cimientos se llegó a la conclusión de que no aguantarían
el peso de las torres, interviniendo entonces Andrés García de Quiñones
proponiendo una solución que regularizaba la planta de la Plaza y los solares
privados quedaban menos recortados. El 30 de mayo de 1751 por orden de Fernando
VI se reanudaban las obras, que concluían a finales de 1755, buscando en
los dos lienzos una total simetría con lo construido. El corregidor Caballero
y Llanes ideó un complejo programa iconográfico para ornar los medallones
de los arcos. En el pabellón oriental figurarían los reyes de la monarquía
hispana desde Alfonso IX de León hasta Felipe V, de ahí el nombre
de pabellón real; en el del mediodía irían los capitanes y
conquistadores, desde Bernardo de Carpio hasta Fernando Álvarez de Toledo,
de ahí la denominación de cuartel general, y los dos últimos
lienzos se dedicarían a los sabios y santos españoles presididos por
el relieve del Apóstol Santiago. Los medallones fueron esculpidos por Alejandro
Carnicero, quien siguió los modelos proporcionados por el corregidor, bien
conocidos la mayoría de ellos, en tanto que los que quedaron sin abrir lo
están siendo en los últimos años por distintos escultores que
responden a los más diversos estilos pero dentro de una tónica general
que destaca por una más que aceptable calidad.
Desde su terminación, la Plaza Mayor se convirtió en el espacio público
por excelencia, no sólo porque en ella confluían y de ella partían
todas la vías importantes sino porque aquí han acontecido los más
diversos actos sociales, políticos y lúdicos, pues desde mediados
del siglo XVIII fue y sirvió de lugar de encuentros, de paseo, de atracción,
pero también un espacio que ha ido acompasando el estilo de sus portadas
comerciales al inexorable cambio producido en la Historia del Arte desde el siglo
XVIII hasta el XXI, sus locales comerciales fueron incorporando todas y cada una
de las innovaciones producidas en el devenir del tiempo, pero como monumento vivo
que es, unido inexorablemente a la vida de una ciudad en constante cambio y expansión,
ha sufrido múltiples y numerosas intervenciones que sin afectar ni menoscabar
su monumentalidad han distorsionado y degradado su imagen externa, aspectos que
desde que se iniciaron a finales del siglo XIX fueron motivo de alarma por lo que
suponían de agresión al monumento, el único, no lo olvidemos,
que nació por y para disfrute de los salmantinos y que por ello constituye
el más emblemático de la ciudad.
Más información en CONJUNTOS HISTÓRICOS DE SALAMANCA
|